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La Coctelera

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9 Mayo 2012

La nieve

La quietud de la nieve: el modo en que se deposita sigilosamente sobre el mundo como si quisiera convertirlo en fantasma o hacerlo mudar de piel sin que lo sienta. La ligereza de la nieve: la forma en que cae flotando, suspendida en el aire, como si las nubes fueran sacudidas o desempolvadas por un ejército de sirvientes celestiales. El fulgor de la nieve: la manera en que su blancura redefine las superficies que va cubriendo con una membrana luminosa en la que despuntan, nítidas, las huellas del hombre o el animal sorprendido por la danza de cristales delgadísimos. El carácter de la nieve: la misteriosa personalidad de cada uno de sus copos, el idioma silencioso que habla al rozar los árboles y que la diferencia de la lluvia, esa hermana estridente. La astucia de la nieve: poco a poco, insidiosa, altera contornos y perfiles hasta crear piezas escultóricas que reclaman una nueva nomenclatura, unos nuevos ojos que las miren y las admiren. La elegancia de la nieve, su vestimenta hecha de quietud e ingravidez, su identidad contenida en semillas que vienen volando desde el origen mismo del hielo. Las plumas de aves solitarias de la nieve. La pureza insólita de la nieve. La belleza irresoluble de la nieve. El sueño tenaz e inagotable de la nieve.

[Foto: Hawthornden Castle, Escocia, abril de 2012]

Tags: prosas

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17 Marzo 2012

Tres vientos

CHERGUI

Chergui, del árabe magrebí shulûq: viento caliente

Mala fortuna,

presagia el meteorólogo que se derrite

en un televisor de bulbos rancios

como flores muertas,

para aquel que salga de su lecho

cuando el fuego se presente en todo su esplendor.

Sean mansos y quédense tranquilos,

acorten la distancia entre los cuerpos lenta,

antiguamente,

sigan los protocolos del sudor que brota

en torpes llamaradas

del más profundo mediodía.

Cierren postigos y persianas,

hagan del dormitorio un espasmo bermellón

donde el Sahara se desdoble sin riesgo de acabar

con los oasis.

Beban agua,

aljibes, charcas, océanos enteros,

saliven con recelo en los poros,

los pozos insondables de la piel:

no agoten, por Alá, los líquidos secretos

que la aurora ha develado

con tanta precaución.

Busquen el sueño o al menos el ensueño

en manos del marido inclemente,

la esposa de carnes eclipsadas,

el púber pródigo en caricias,

la doncella que merca con visiones:

la vigilia de la razón produce monstruos,

puñales dispuestos a azuzar al asesino

que todos criamos dentro.

No se dejen contagiar por la fiebre del anciano

que en el cuarto de al lado,

el clima inhóspito de al lado,

jadea a punto de ingresar

en un cementerio de elefantes:

pásense la lengua por los labios,

humedezcan sus retinas con las gotas

de una pesadilla apenas recordada.

Piensen en el Rif como si fuera una mujer que arde

y se revuelca bajo el cielo marroquí,

imaginen un muñón en lugar del peñón de Gibraltar:

el brazo de un titán cortado de cuajo

por el soplo de un viento vuelto

soplete furibundo.

Mala, pésima fortuna,

pronuncia el augur televisivo

bajo las aspas del ventilador que gira

con la seductora languidez del áspid,

para aquel que rete a duelo

al chergui:

cien, mil años de locura

traerá siempre la flama en su regazo.

SIROCO

Siroco, del árabe saruq: viento de Levante

En la tierra ancestral del insomne.

En el país que ha surgido,

óxido implacable

en la tiniebla.

En el continente donde sacia la saliva el hambre más feroz.

En las manos petrificadas del infante.

En la resequedad de la alforja

que el hombre carga

en su deseo.

En las arrugas del viejo irrigadas sin prisa por el espanto lunar.

En los densos arenales del ensueño.

En las dunas que levanta,

áspera, la noche

hacia su fin.

En el desierto instalado tras la piel ajena al alba.

En la ácida axila de la hija.

En el oasis erigido por la madre

con su llanto

ominoso.

En el vientre fecundo de la abuela que sucumbe ante la aurora.

Cómo ardes,

siroco,

cómo cundes:

augurio amargo de la luz.

HAMSIN

Hamsin, del árabe khamsīn: cincuenta

Teman el viento, dice el anciano, y con su báculo señala un horizonte hecho de gasas amarillas, purulentas, que se avecina a la velocidad de un meteoro lanzado desde el iris trepidante de la luz, desde el vago inicio del mundo. Relinchan los corceles tras sus bridas ansiosas, fulgura el moscardón que hiende el aire como bala azul en busca de su blanco, se rompe un ánfora que cae al fondo del clima convertido en pozo de aguas estancas. Trémulo, más un pellejo que una coraza contra los embates del vacío, el cielo disuelve sus lindes en una ceremonia de licuefacción: oro, las nubes son semillas de oro arrastradas por la corriente fluvial que mana en lo alto de la calígine, en el imperio del buitre que reza una plegaria circular. Atónitas, incandescentes, las tropas observan la distancia reclamada por el carmesí: sangre en polvo, rubíes desmenuzados por un puño primigenio, ibis escarlata traídos de otro continente por el vendaval y su inexorable canto de sirenas.

Teman los cincuenta días, susurra el hombre, el lapso en que la arena finca sus reales en Egipto con furor de soberana oscura. Vean cómo la rosa de los vientos se deshoja entre los dedos, imantada por la sombra eléctrica que oscila alrededor sin dar cuartel. Vean las pirámides: pechos erguidos en la tenebra del desierto a la espera de una caricia o un rasguño, nadie sabe, que les regrese su turgencia original. Vean cómo la madre a punto de parir ahoga sus quejidos en la mordaza de la atmósfera, cómo el mendigo halla un diamante entre el carbón que le dibuja un velo en la mirada, cómo la joven se maquilla ante un espejo donde arde un cirio íntimo. Vean las bayonetas, el metal de las bayonetas, el lustre lóbrego de las bayonetas que se afilan en el pedernal de la tormenta. Tállense los ojos, frótense los párpados: lo que vean será producto de un delirio interno porque afuera, al otro lado de esta ceguera indómita, todo es barro seco, partículas de hueso, vestigios de reinos devastados por el hálito de un dios.

Hamsin, ruega el niño de hinojos en su estera, déjame temerte y adorarte como el emisario de la furia. Haz de mí un súbdito capaz de reptar hacia las fuentes del pavor, un soldado que se integre y desintegre en tus ejércitos de lodo calcinado. Entra en mis venas e inféctame de lejanía, bebe mi linfa hasta saciarte y quémame, marchítame, desáhuciame. Que no quede rastro de mí al concluir tu celo de tigre rojo, que mi llanto sea el vagido del ángel que azota puertas y ventanas con su espada. Sopla feroz, hamsin, sopla voraz: vuela y llévame contigo, redúceme a cenizas, transfórmame en la duna que en medio de la nada evoca una erección nacida en la entraña más salvaje de la tierra.

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9 Marzo 2012

Año bisiesto

29 de febrero: el día que se cuela al calendario como una inquietud adicional venida de no se sabe dónde.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto la gente advirtió que sus sombras habían sido intercambiadas. Cada quien tenía una silueta distinta.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto los espejos se negaron a devolver reflejos. El género humano se consagró a dudar de su existencia.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto los niños experimentaron los diversos temblores de la vida adulta. El pánico invadió las escuelas.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto los muertos regresaron a visitar a los vivos. El silencio reinó por primera vez en los cementerios.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto la luna no se ocultó al salir el sol. Bañado por una luz rara el mundo refrendó sus contradicciones.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto el amor dejó de ser lo que era. Todos lo buscaron con la mirada perdida en el almacén emocional.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto la música no sonó. Poco a poco notaron que se había refugiado en frecuencias muertas de la radio.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto el mar dejó que sus ahogados salieran a ver el cielo. Las olas se llenaron de rostros estupefactos.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto todas las palabras mudaron de significado. De inmediato se planeó erigir una nueva torre de Babel.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto el agua provocó amnesia en quienes la bebieron. La sed se convirtió de golpe en sinónimo de memoria.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto las puertas pasaron a ser ventanas. Entrar o salir de un espacio implicó aceptar el reto del vacío.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto la piel adquirió la consistencia del vidrio. Las calles acogieron un desfile de vitrinas anatómicas.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto el viento trajo la voz de los niños que nunca habían nacido. Los árboles fueron cunas improvisadas.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto la escritura se hizo invisible. Cartas y postales enviadas ese día llegaron en blanco a su destino.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto las nubes se rindieron a los caprichos de la mente. Las alturas se poblaron de ideas indescifrables.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto los sueños se acomodaron en las grietas de la realidad. La luz ganó una pátina de niebla fabulosa.

Un 29 de febrero de otro año bisiesto el insomnio se presentó como una ensoñación. Durante la noche abundaron los ojos fijos en el aire.

[Fotografía de Josef Sudek]

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4 Marzo 2012

Alfabeto literario

Auster aprende alfabetos azarosos. Abarca accidentes, actos anárquicos, antepasados adictos al azogue. Anuncia apariciones apasionadas.

Belacqua, balbuceaba Beckett bebiendo brandy. Burilaba bemoles bizarros, bufones belicosos, bellos blasones blasfemos. Bautizaba brillos.

Bernhard barajaba burlas breves, blasfemias bárbaras. Batallaba burilando binomios básicos: belleza, brutalidad. Bruñía bayonetas briosas.

Bravío, Bukowski bramaba. Borrachos bucólicos, brinden bien. Busquen brumas, borrascas, bosques bombardeados. Brillen, buitres, buceen.

Burroughs buscaba balas bajo burós. Blindar bloquea, barruntaba, barriendo bachas. Bruscamente brotaron bolígrafos. Brujería, barboteó.

Cada cabeza contiene ciudades, cavila Calvino. Cruzarlas con cautela como cristales: cuánta claridad. Coge cuaderno, carboncillo. Comienza.

Cortázar creaba cuentos circulares. Confiaba cazar cronopios, curiosidades, clarividencias. Consiguió congregar conexiones clandestinas.

Dostoievski dudaba. Desdoblarse duele, decía, dirigiéndose dardos. Decidió desengañarse. Dejó de divagar. Desenmascaró deseos, desasosiegos.

Eliot escucha ecos extraños, estallidos en el éter. Estamos ensordecidos, elucubra, esto es el erial. Elige estrofas enfebrecidas. Escribe.

Faulkner fustigaba fantasmas frecuentes. Fuera, farfullaba, fúguense. Fumaba furioso. Formaba fastuosos falansterios fijando frases fieras.

Ferviente fumador, Fogwill fraguaba ficciones firmemente fincadas. Fastidiaba fuegos fatuos, farsas, fariseos. Favorecía faunas factibles.

Gambusino genial, Gaddis gozaba generando gemas. Gloso galaxias gramaticales, gruñía, gustoso. Ganó gente, gramaje, grandiosas geometrías.

Heródoto hilvanaba hazañas heroicas. Hilos humanos heríanlo, horadábanlo. Hombres, hay historia, hablaba henchido, háganla, habítenla.

Ishiguro imagina ingleses indecisos, incompletos. Incita insomnios internos, instintos inhibidos. Inspirado, insular, idea incertidumbres.

Joyce jugaba jubiloso. Juntaba jerigonzas, jeroglíficos, juergas juveniles. Justificaba jaculatorias, jeremiadas. Jeringaba jerarquías.

Kadaré, Kafka, Kertész, Kiš, Koestler: káiseres kamikaze, kirie, koinés kilométricos.

Lúbrico, Lampedusa lamía langostinos. Ligeia le leía letras lejanas. Latían laúdes, liras lánguidas. La luna lucía líquida: lujoso licor.

Licor lento, locura larga. Lowry libaba labrando letanías, lápidas lúdicas. La luz literaria lo lanzaba: lince locuaz, leyenda líquida.

Malaparte mascaba mariscos mentalmente. Muero, meditaba, me mudo. Manipulaba memorias, melancolías. Más morfina, murmuraba, más manjares.

Muerte merecen, malditos, masculla Mishima mirando militares. Morita mide momentos, meditabundo. Mándame, maestro, musita. Mishima mutila.

Nadie nace narrando, notaba Nabokov. Necesitamos néctar novelístico, nínfulas, nostalgias nítidas. Nutre navegar, naufragar: nivelarse.

Obsérvanos, Orwell. Ojos omniscientes ocupan oquedades oscuras, obedeciendo órdenes. Ominosos oligarcas operan ocultamente, oprimiéndonos.

Perecer provoca pereza, pensaba Perec. Pidió pimienta para probar pasta, pescado. Pululaban palomas, plañideras por presagio puntual.

¿Pagaré pecados pasados?, preguntaba Poe. Pergeño pozos, péndulos, podredumbres prematuras: puros panoramas pesadillescos. Pym, perdóname.

Quignard quiere quedarse quieto, quemarse quedamente. Quid: quebrantar quillas quijotescas, quitar quimeras. Quizá quintaesenciar.

Rugían rayos remotos. Rimbaud reaccionaba rumiando romances rítmicos. Rajado, roído, realmente rogaba renguear rápido. Rechazaba reptar.

Sicilia sesteaba, sibilina. Sciascia salió sin saber si soñaba: señales siniestras sembraban su sendero. Se sentía sudoroso, sentenciado.

Soplan sedas soleadas sobre Samoa. Stevenson se sacude, sediento: sabe su situación. Sédenme, sirenas, sisea. Selvas, sargazos: sálvenme.

Todos tememos transitar, trama Tabucchi. Tardamos tanto titubeando, tejiendo torpes travesías tenaces. Tomemos trenes tibios, tropecemos.

Vea, Verne, vidente voraz. Vivimos volando victoriosos, vigilando villas vueltas vórtices. Vitoreamos vitrales, vitrinas vacías. Vibramos.

Zumbaban zancadas zafias, zigzagueaban zapatillas. Zarpar, zozobrar: zurcir zodiacos, zonas zoomorfas. Zaherido, Zweig zanjó: "Zugzwang."

[Fotografía: Thomas Bernhard en 1978]

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24 Febrero 2012

Postales desde la orilla del mundo

¿Qué significa la palabra Hébridas? Cuando oí hablar por primera vez de este brumoso archipiélago situado al noroeste de Escocia y conformado por más de doscientas islas, creí que su nombre tenía algo que ver con la ebriedad: un paralelismo melodioso. Ahora sé que las Hébridas fueron llamadas Hebudes por Plinio el Viejo en el año 77 de nuestra era y Ebudae, en griego, por Ptolomeo; que han estado habitadas al menos desde el siglo V o VI a.C.; que al parecer un error de imprenta las bautizó como hoy las conocemos. ¿Y quién, me pregunto, habrá sido el responsable de la errata: un cartógrafo ebrio, hechizado por la belleza de los mapas, o un antecesor de George Orwell, que decidió refugiarse justo en una de las Hébridas (Jura) para escribir 1984?

*

Mi romance con las Hébridas se remonta a una fotografía hallada hace unos años en la revista Altaïr: una cabina telefónica británica recortada contra un cielo tormentoso, un esbelto monolito carmesí en lo alto de un acantilado que me hizo pensar en el último vestigio de una civilización extinta y me trajo a la memoria una película filmada, si no me equivoco, precisamente en las Hébridas: Local Hero, de Bill Forsyth. Cerré los ojos y oí un teléfono que sonaba en la distancia, en la lejanía escocesa, una tarde de lluvia. ¿Quién va a contestar?, me dije. Si nadie lo hace, debo ir allá para responder la llamada. Así supe que mi romance había comenzado y que un día enfilaría hacia el norte en busca de una cabina, no, una caja roja de cara al Océano Atlántico. (Prefiero el término caja telefónica, telephone box, porque esa clase de cabina me recuerda las cajas de Joseph Cornell, el artista neoyorquino que declinó viajar para resucitar en sus mapas interiores, toda una cartografía mágica surgida del sótano de una casa prefabricada en Utopia Parkway, Queens.)

*

En Inverness, la capital de las Highlands escocesas cercana al famoso Loch Ness, abordo un autobús operado por Citylink que tardará tres horas y cuarto en llegar a Portree, la capital de Skye; esta isla, la segunda más grande de las Hébridas luego de Harris y Lewis, está unida a tierra firme por un puente ultramoderno que parte de Kyle of Lochalsh, un pueblo que se antoja fronterizo y por el que circula un aire con olor a finis terrae. El trayecto por carretera es inolvidable: el autobús bordea Loch Ness para después internarse en las Highlands, un espectáculo en el que montañas y lagos inventan la poesía de la distancia. Y hablando de poesía, hay un texto de Robert Burns, figura clave de la literatura escocesa, que fue musicalizado por Arvo Pärt; un texto, apunta el compositor estonio, “que ha resonado dentro de mí toda mi vida”. El poema se titula “Mi corazón está en las Highlands”, y basta un fragmento para dar una idea de la nostálgica armonía que transmite esta región de donde proviene el Highlander de Russell Mulcahy: “Mi corazón está en las Highlands, mi corazón aquí no está,/ En pos de ciervos de las Highlands mi corazón va:/ En pos de los ciervos, en pos de corzos salvajes;/ Mi corazón está en las Highlands doquiera que viaje […] Adiós a las altas montañas de cumbres nevadas;/ Adiós a los valles y a las tierras verdes y bajas;/ Adiós a los bosques y a las frondas silvestres;/ Adiós a los ríos y a los caudalosos torrentes.”

*

Con todo y monstruo falso –quizá, dicen, se trata de una anguila gigante–, Loch Ness se ha ganado a pulso cada uno de sus casi cuarenta kilómetros de misteriosa reputación: imposible apartar la mirada de él. No importa que san Columba, el misionero irlandés que dejó su patria para evangelizar Escocia, haya sido la primera persona letrada que vio a la “elusiva criatura” en el siglo VI, ni que su biógrafo, san Adamnan o Eunan, haya escrito: “Al llegar a orillas del lago, Columba advirtió que un pobre hombre era sepultado; los enterradores dijeron que, mientras nadaba, el hombre había sido atacado y mordido salvajemente por una bestia acuática. Pese a ello, el santo ordenó a Lugne, uno de sus acompañantes, que nadara al otro lado y trajera una barca. Lugne obedeció sin chistar, pero de pronto… el monstruo salió a la superficie y con las fauces abiertas y un rugido ensordecedor se abalanzó hacia el hombre a mitad de la corriente. Mientras los demás se quedaban paralizados de terror, el santo alzó su mano bendita y ordenó a la cruel bestia: “No toques a ese hombre, aléjate de inmediato.” Como impulsado por sogas, el monstruo huyó asustado a su refugio.”

Tampoco importa todo el escándalo en torno de las célebres fotografías fechadas en 1934 que han dado la vuelta al mundo. (Antes de morir, el fotógrafo, un cirujano londinense llamado R. K. Wilson, admitió que las imágenes estaban trucadas. Y la teoría más reciente, del paleontólogo Neil Clark, se refiere a las similitudes entre la supuesta criatura y los paquidermos cuando nadan; curiosamente, un circo con todo y elefantes pasó cerca del lago justo en la década de los treinta, en pleno auge de los avistamientos monstruosos.) Ni siquiera importa el propio –o la propia– Nessie, hoy día no más que un risueño juguete exhibido en infinidad de presentaciones en las tiendas para turistas que flanquean Loch Ness. Lo que importa es la sensación que fluye por tu cuerpo cuando te arrodillas en la ribera del lago en una tarde de viento y lluvia –el cielo una paleta de múltiples grises– y extiendes los dedos para tocar el agua: gélida, como si viniera de un glaciar. (Oriundo de Inverness, el taxista que he contratado me dice que la temperatura no varía mucho: apenas dos grados entre verano e invierno, de modo que el agua siempre está helada. ¿Qué habrá pensado el maratonista que, según alguien me dijo, planeaba recorrer todo Loch Ness pero por debajo del agua?) Importa esta historia: el 21 de septiembre de 1985, un bombardero Wellington matrícula N2980-R fue rescatado de una profundidad de setenta metros; se desplomó debido no a un ataque de la Luftwaffe sino a una falla en la turbina de estribor mientras realizaba pruebas durante una tormenta de nieve en la Nochevieja de 1939. El artillero que iba en la cola de la aeronave murió porque su paracaídas no se pudo abrir; los otros siete tripulantes sobrevivieron. (Veamos la siguiente estampa: un avión olvidado durante casi medio siglo en el fondo de un lago, este gigantesco lago: un imán que atrae corrientes extrañas y sombras que no son peces. Ojos que se abren en la oscuridad para contemplar la cabina vacía, las alas cubiertas de algas.) Importa, por fin, lo que el taxista me dice con gran aplomo:

–Sé que hay algo allá abajo. No sé nada de monstruos, pero sin duda hay algo en lo profundo.

¿Algo, tal vez, del tamaño de una leyenda? ¿O algo del tamaño de un bombardero fantasma que aguarda impacientemente a sus ocupantes?

*

Una vez en Skye, al cabo de cruzar el puente de Kyle of Lochalsh, las señales que anuncian pueblos y aldeas están en inglés y gaélico, un rasgo que caracteriza a las Hébridas. Skye, An t-Eilean Sgitheanach: isla de nubes o niebla. Portree, Port Righ: puerto del rey. (Recibió este nombre luego de una visita de Jacobo V en 1540.) Justo en Portree corroboro lo que he escuchado: mientras más al norte viajas, más amable es la gente. El taxista que me lleva al hotel Cuillin Hills, donde he reservado una habitación sencilla (la tarifa incluye el típico desayuno escocés y una cena opulenta, de tres platillos, cuyo menú cambia día con día como si se preparara en una novela de Agatha Christie), dice que soy el segundo mexicano que conoce; el primero fue el futbolista Hugo Sánchez –“En la tele, claro”–, a quien no se cansa de alabar durante el trayecto de diez minutos. En verano, dice el conductor, Skye se llena de turistas de todos los países; no recuerda, sin embargo, haberse topado antes con alguien de México. Me siento repentina, estúpidamente orgulloso, y a la vez lejos, muy lejos de casa. Pero esta sensación se desvanece en cuanto llego al hotel y me dejo ganar por la vista de la bahía de Portree, un panorama digno del pincel de Turner: venciendo los nubarrones grises y negros que lo rodean, el sol convierte el mar en un espejo deslumbrante, o mejor, en una bandeja de plata con varios barcos pesqueros que se mecen y tintinean y refulgen hasta que la luz se difumina. (En estas latitudes el clima es impredecible como un niño: frío y lluvioso un momento, tibio y despejado al siguiente. No obstante, uno se acostumbra pronto a estos caprichos.)

*

En Inverness hice migas con un taxista que, al enterarse de mi fascinación por las Hébridas, me dio los datos de un cuñado suyo que, además de ser oriundo y “gran conocedor de la historia” de Skye, tiene un hermano que dirige una compañía de taxis. Estos dos personajes, que a veces hablan entre sí en gaélico, son mis guías en un tour vespertino de la isla. Al cabo de admirar el Old Man of Storr, un extraño monolito de cincuenta y cinco metros de altura creado por la erosión de una meseta de basalto junto a la carretera de Portree, tengo una revelación cerca de Kilt Rock, un enorme acantilado que se alza vertiginosamente sobre el océano. (Hasta ahora doy con el verdadero significado de vértigo.) Sí, ahí está: una cabina o caja telefónica, azotada por el viento aunque impasible. El aparato no suena ahora, por supuesto, pero no importa: he atendido la llamada hecha desde una vieja fotografía.

–¿No es curiosa esa cabina (box) en medio de la nada? –pregunta uno de mis guías–. ¿Quién va a hablar desde ahí?

Pues yo, me digo, imaginándome dentro del monolito rojo –lo bautizo como el New Man of Storr– para marcar un número en México:

–Qué tal, soy yo. Estoy en medio de la nada, llamando desde una caja similar a las de Joseph Cornell. Nunca creí que la nada pudiera ser un sitio tan majestuoso.

Esta majestuosidad se traduce, entre otras cosas, en la proliferación de arco iris: en ocasiones pueden verse dos y hasta tres al mismo tiempo, una estampa de otro planeta. Sería un buen negocio, les comento a mis guías, cosechar arco iris; piensen en las ganancias que obtendrían exportándolos a todo el mundo. Además de la isla de nubes o niebla, Skye es Rainbowland: la tierra de los arco iris.

*

La insurrección de 1745-1746 protagonizada por los jacobitas, los católicos de las Highlands que lucharon por restaurar la monarquía de los Estuardo, dio a la historia escocesa dos de sus héroes mayores: Charles Edward Stuart, conocido como Bonnie (“Guapo”) Prince Charlie, el príncipe que intentó recuperar el trono que los protestantes habían arrebatado a su abuelo Jacobo II de Inglaterra/Jacobo VII de Escocia en 1689; y Flora MacDonald, miembro del famoso clan MacDonald, una mujer originaria de Uist, una de las Hébridas. Luego de ser vencido por el ejército de Jorge II de Hannover en Culloden, a las afueras de Inverness, el 16 de abril de 1746, Bonnie Prince Charlie huyó a Stornoway, la capital de Lewis, que junto con Harris forma la isla más grande del archipiélago; para la fuga se disfrazó de la sirvienta irlandesa de Flora MacDonald, que consiguió un bote que los transportara a Skye a través de The Minch, el estrecho que separa a Escocia de las Hébridas. La hazaña quedó inmortalizada en una canción: “The Skye Boat Song”. En septiembre de 1746, Bonnie Prince Charlie embarcó a Francia y murió posteriormente en Roma; por haberlo ayudado, Flora fue condenada a seis meses de cárcel en Londres. La tumba de esta heroína se halla en Skye, entre los pueblos de Duntulm y Kilmuir, en un cementerio que da la impresión de estar en la cima del orbe. (Cerca del cementerio hay una curiosa lápida conmemorativa: “A la memoria de Seth Gordon, escritor y naturalista, cuyos veintisiete libros sobre las Highlands y las islas lograron que mucha gente apreciara la belleza de estos lugares. Su amor por las Hébridas influyó en su traslado a Skye, donde vivió más de cincuenta años.”)

En 1773, Samuel Johnson y James Boswell emprendieron un viaje por el archipiélago que fue registrado en dos obras excepcionales: A Journey to the Western Islands of Scotland y The Journal of a Tour to the Hebrides. En su libro, Johnson habla del encuentro con la heroína jacobita: “[En Kingsborough] fuimos atendidos con la acostumbrada hospitalidad por Mr. MacDonald y su mujer, Flora MacDonald: un nombre que, si el valor y la fidelidad son virtudes, pasará a la historia con todos los honores.” En el hermoso castillo de Dunvegan, en la costa oeste de Skye, se conserva una carta fechada el 28 de septiembre de 1773 y dirigida a uno de los patriarcas de los MacLeod, el clan que rivalizó con los MacDonald, en la que Samuel Johnson agradece las atenciones recibidas durante su estancia de ocho días en este recinto célebre por sus soberbios jardines: "Querido señor, estamos ahora a orillas del mar, a la espera de un barco y un golpe de viento. Boswell se pone impaciente, pero el trato amable con que me topo dondequiera que voy me hace abandonar con ánimo abatido una isla que quizá nunca volveré a ver.”

Junto a la de Johnson hay otra carta, fechada en Edimburgo el 3 de marzo de 1815 y firmada por Walter Scott, el autor de Ivanhoe, otra figura clave de las letras escocesas: "Querida señora, día con día he pospuesto pedirle que por favor acepte mi más sincera gratitud por la bella bolsa con que me honró hace algún tiempo. La hospitalidad de Dunvegan pervivirá en mi memoria, y me siento muy halagado por este obsequio que me lleva a inferir que mi visita no ha sido olvidada por la dama del castillo. Me atrevo a enviar (lo que ha demorado esta misiva) un ejemplar de un poema [The Lord of the Isles] que debe sus mejores partes a los MacLeod, tanto a su bondad como a su buen tino al recomendarme que visitara los espléndidos parajes entre esta región y Strathaird, que compiten en magnificencia y sublime desolación con cualquier escenario de las Highlands.”

¿Hay alguna duda? A la literatura le apasionan los confines del planeta.

*

Para recorrer las Hébridas hay que acudir a Caledonian MacBrayne, la empresa líder en rutas de ferry en el noroeste de Escocia, que organiza los Island Hopscotch Tours: veintiséis paquetes distintos, diseñados para vagar por el archipiélago durante un mes. (La tarifa incluye únicamente el transporte marítimo.) El paquete que elijo, sin embargo, es de un día –ocho horas, en realidad: de 9:40 a.m. a 5:40 p.m.–, y su itinerario es el siguiente: Uig (Skye)-Tarbert (Harris), por ferry (se cruza el estrecho llamado Little Minch); Tarbert-Leverburgh (Harris), por autobús; Leverburgh-Berneray, por ferry (se cruza el Estrecho de Harris); Berneray-Lochmaddy (North Uist), por autobús; Lochmaddy-Uig, por ferry (se cruza de nuevo el Little Minch). El viaje de Skye a Harris es una experiencia cinematográfica de una hora y media; al llegar al puerto de Tarbert, una tempestad que parece brotar de la paleta de Turner empieza a diluir la mañana, transformándola en un cuadro hecho de plata derretida y múltiples tonalidades de gris. De los dos mil habitantes de Harris, señala el chofer a cargo del tour de dos horas por esta isla donde la desolación extrema es alterada por playas de una blancura casi tropical, quinientos viven en Tarbert; hay dos policías en el puerto porque los problemas no son comunes. (Otros datos curiosos: en días soleados, dicen, uno puede ver claramente las Hébridas de alrededor; el domingo, Harris y Lewis, que integran una sola masa insular aunque con diferentes dialectos gaélicos, se paralizan por completo, y no hay ferries sino hasta el lunes a primera hora; varios miembros del clan MacLeod están enterrados en St. Clement’s, una iglesia medieval cuyo silencio de tumba es interrumpido por la fuerza muscular del viento.)

Con la imagen indeleble de tres hombres que juegan golf bajo la lluvia en un campo a orillas del mar, abordo en Leverburgh, en la punta sur de Harris, el ferry que al cabo de una hora me deja en Berneray, el sitio más solitario que se pueda concebir. Mientras aguardo, durante quince minutos no exentos de temor, el autobús que me conducirá a Lochmaddy para tomar el barco de regreso a Skye, leo los anuncios clavados en una puerta de la minúscula construcción de concreto que hace las veces de estación portuaria. Descubro la tarjeta de un taxista –servicio las veinticuatro horas– llamado Angus A. MacDonald; me pregunto si será un pariente lejano de Flora, la heroína que logró que un príncipe se disfrazara de sirvienta. En el trayecto a Lochmaddy, fascinado por las viejas casas sin techo que salpican los campos y se recortan contra la tarde tormentosa como vislumbres del fin del mundo –un glorioso fin del mundo–, evoco la conversación que escuché en el ferry Leverburgh-Berneray: dos mujeres, una inglesa y otra oriunda de Harris, hablaban del clima en estas latitudes.

–Lo malo de ciudades como Londres –dijo en algún momento la inglesa– es que se pierde el verdadero sentido del cielo. En lugares como las Hébridas, por fortuna, uno lo recupera con renovada energía.

No hubiera podido expresarlo mejor.

*

Dos son las empresas que programan tours a St. Kilda: Western Edge en Aberdeen, en la costa este de Escocia, y Murdo MacDonald en el puerto de Uig, en la isla de Lewis. (Hay que recordar que existe otro Uig en Skye.) Llamo a la segunda y me entero que el trayecto en barco hasta St. Kilda lleva unas ocho horas. Es una lástima, ya que realmente quería conocer este grupo de cuatro islas –Soay, Borneray, Dun y Hirta, la mayor– ubicado “en la orilla del mundo”, como dice Charles Maclean en su libro Island on the Edge of the World: un paraje de una belleza agreste, casi apocalíptica, que “yace en el Atlántico al filo de la plataforma continental, aproximadamente cincuenta millas al oeste de Harris y ciento diez millas al oeste de la tierra firme más cercana. Su aislamiento se incrementa debido a las dificultades del traslado. Hasta el siglo XIX, el viaje implicaba varios días con sus noches a bordo de un bote de remos conducido desde Skye por los hombres del clan MacLeod […] Incluso hoy en día [el libro de Maclean apareció en 1972] una embarcación que se dirija a St. Kilda no tiene garantizado el arribo a su destino”.

Los MacLeod fueron dueños de St. Kilda por varios siglos hasta que por fin, en 1930, los últimos treinta y cinco habitantes pidieron ser evacuados de Hirta (Hiort, en gaélico), la única isla que estuvo permanentemente ocupada. Ahora este diminuto archipiélago, famoso por acoger diversas especies de aves –alcatraces, sobre todo– que fueron “cosechadas” por los isleños, pertenece al National Trust for Scotland, que cada verano recluta voluntarios para participar en equipos de trabajo ecológico. Algún día, lo sé, visitaré esta nueva obsesión insular, aunque sea a bordo de una nave literaria.

*

Última imagen de las Hébridas desde Kyle of Lochalsh: el viento, potentísimo, arrastra nubes grises hacia el océano, apilándolas sobre las islas como si les pertenecieran. Pero claro que les pertenecen, pienso, para más tarde toparme con este cartel en el aeropuerto de Inverness: “Usted está a media hora de otro mundo. Western Isles’ Hopper Service. Vuelos frecuentes que unen Inverness/Stornoway/Benbecula. Highland Airways.”

¿Otro mundo, las Hébridas? En efecto: otro mundo en la orilla del mundo.

[Texto incluido en mi libro Terra cognita, Fondo de Cultura Económica, México, 2007. Fotografía de la isla de Skye de Mauro A. Fuentes.]

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21 Febrero 2012

Un hombre de tweets

Lo vi el lunes 7 de marzo de 2011 a mediodía. Me llamó la atención porque su vestimenta se vinculaba más con el invierno que con la primavera que ya anunciaba su sopor, su bochorno incandescente, entre las jacarandas que propagaban su fuego morado por las calles de la Ciudad de México. Estaba a punto de atravesar un eje vial cercano al departamento que alquilo en la colonia Roma Sur, pero por un motivo inexplicable había interrumpido su marcha: como si alguien —una voz interna antes que externa— le hubiera ordenado que se quedara inmóvil en la acera, los ojos fijos en una zona ambigua de la lejanía. Me detuve junto a él porque creí que el semáforo nos impedía el paso —no era así— y en esos momentos pude registrar la tela de su saco, el tamaño un tanto desproporcionado de sus gafas, el hecho de que no sudara pese a su exceso de abrigo en el calor (casi) primaveral y sobre todo el tono curioso de su piel: una opalescencia que le daba el aspecto de un extraño en el pueblo, un individuo que no estaba donde debería estar. Crucé la avenida y al llegar a la acera contraria volteé hacia atrás: él continuaba en su posición —iba a escribir “en su puesto”—, los ojos imantados por algo insondable. Reanudé mi trayecto a casa pensando en dos de mis relatos favoritos (“El hombre de la multitud” y “Bartleby”), en los seres desfasados de Franz Kafka y Samuel Beckett, en una frase de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la gran novela de Haruki Murakami: “Tú doblas una esquina y te lo encuentras: un mundo que no habías visto jamás.”

Una vez en mi departamento me conecté a internet y entré en Twitter, ese aviario virtual donde los pájaros intentan hallar su propia voz en medio de un barullo ensordecedor. Recordé al individuo con el que me acababa de topar y escribí: “Un hombre con gafas enormes y saco de tweed mira absorto el horizonte en una esquina transitada. El sol le concede un lustre de otro mundo.” Y poco después: “Creo advertir que el hombre de gafas enormes y saco de tweed mueve los labios. Creo oír que murmura: ‘Mírame bien. Puedo ser tu personaje.’” No sospechaba que ese sería el inicio de una especie de noveleta de folletín o folletuit que reclamaría mi atención casi por completo a lo largo de más de un mes —la concluí el jueves 14 de abril de 2011—, y que generaría un interés para mí insólito entre un grupo de lectores —me gusta hablar de lectores y no de simples seguidores— que crecería a la par de una trama centrada justo en ese personaje: un hombre tejido a base de tweets que asume que no está donde debería estar y por ello emprende una antiodisea urbana cada vez más enrarecida. Ahora que el hombre de tweed camina por su propio pie gracias a la cuenta que le abrí en Twitter (@Elhombredetweed); ahora que la serie narrativa que protagoniza alcanza ya su tercera entrega (“El hombre de tweed: la epidemia”; las dos primeras son “El hombre de tweed: la ciudad” y “El hombre de tweed: la isla”), no dejo de pensar en el ser de carne y hueso que le dio origen. ¿Estará varado en otra esquina bulliciosa de la ciudad, la vista adherida al horizonte donde se gestan los misterios de la primavera?

[Imagen: obra de Franco Rasma]

Tags: prosas

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20 Febrero 2012

Huele a espíritu conspiratorio

Habría que ver Kurt & Courtney (1998), el documental de Nick Broomfield, pensando en un aforismo acuñado por Mark Dery en The Pyrotechnic Insanitarium: American Culture on the Brink (1999): “Las teorías conspiratorias se han vuelto el horóscopo de finales de los noventa, un talismán kitsch contra el caos, una flamante canción para ser silbada entre el desaliento traído por el nuevo milenio.”

No es difícil imaginar esa canción incluida en el repertorio de Nirvana, la banda originaria de Seattle que elevó el grunge a alturas estratosféricas y cuyo líder, Kurt Cobain, se integró con todos los honores al panteón de las víctimas de los mass media al volarse la cabeza de un escopetazo en 1994. Este disparo resonó en el ánimo juvenil del mundo entero, alimentando no sólo los deseos de autoinmolación —dos fans del grupo, uno en Francia y otro en Estados Unidos, se mataron el mismo día que se dio a conocer la noticia— sino también las cuentas bancarias de Courtney Love, la viuda de Cobain y líder del cuarteto Hole, y un rosario de sospechas alrededor de la muerte del cantante. ¿Suicidio o asesinato? ¿La decisión personal de alguien que alcanzó el punto sin retorno, en gran medida por una irrefrenable adicción a la heroína, o un complot urdido para heredar rápidamente una fortuna amasada ante los micrófonos? La sombra de Jim Morrison y en especial la de Sid Vicious, el alma frenética de los Sex Pistols, sobrevuela la leyenda de Cobain. En una de las mejores secuencias de Kurt & Courtney el director entrevista a una niñera que confiesa, entre el humo de un nervioso cigarro, que Cobain y Love solían registrarse en los hoteles bajo el nombre de Vicious y su novia Nancy Spungen, la pareja interpretada por Gary Oldman y Chloe Webb en Sid & Nancy (Alex Cox, 1986), un clásico del cine underground.

Pese a los obstáculos que tuvo que sortear antes y en medio del rodaje, por parte tanto de los abogados de Courtney Love —que le prohibieron usar cualquier canción de Nirvana— como de altos ejecutivos de MTV y hasta de sus propios productores —que le retiraron el financiamiento—, Broomfield demuestra sus dotes de periodista y corresponsal de la BBC al armar un mosaico perturbador sobre las entretelas de la celebridad y el show business. Los escasos recursos, las amenazas veladas o explícitas, los contratiempos ocurridos en plena filmación —uno de los entrevistados, el líder de un grupo de heavy metal que admite haber rechazado los cincuenta mil dólares que Love le propuso por matar a Cobain, fue arrollado por un tren misterioso—, no impidieron que el cineasta lograra su cometido: elaborar una suerte de biografía lateral del mártir de Nirvana, emisario del angst adolescente y modelo del American dream trocado en American nightmare. Kurt & Courtney, sin embargo, no ofrece respuestas, y ese es uno de sus mayores aciertos: confirmar, con los medios a su alcance, que no puede ofrecerlas. Quedan las preguntas en el aire, la duda fatal: ¿asesinato o suicidio? Quedan las voces de Love y Cobain en la contestadora de una periodista: la de ella iracunda, atravesada por una retahíla de insultos; la de él débil, cimbrada por un íntimo derrumbe que cristaliza en la última frase:

—He llegado a mi límite. Lo sabrás al verme en persona.

Queda la teoría conspiratoria, avalada por un detective que asegura haber sido contratado por Love como coartada, y el testimonio contradictorio de parientes y ex parejas de los rockeros. Queda la imagen de Kurt Cobain captado en una fiesta familiar antes de la irrupción de la fama: un joven pensativo a orillas de un estanque, símbolo de la depresión y la soledad que rigen un estruendoso fin de milenio.

[Texto incluido en mi libro Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura, Fórcola, Madrid, 2010.]

Tags: cine

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16 Febrero 2012

¿Dónde está el sexto replicante?

En julio de 2000, dieciocho años después de que Blade Runner se estrenara en mil doscientas noventa salas de Estados Unidos ante la miopía generalizada de la crítica, Ridley Scott declaró que Rick Deckard era en efecto un replicante. Acuñado por los guionistas Hampton Fancher y David Peoples, este término es un feliz relevo de “androide”, la palabra utilizada en la novela que inspiró la película de un modo tan libre que Scott llegó a confesar que nunca la había leído. (El azar y sus cálculos caprichosos: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, se publicó en 1968 pero se ubica en 1992, el año en que se lanzaría el director’s cut de Blade Runner que prescinde de la molesta narración en off endilgada por los productores en la versión de 1982, que vio la luz a unos meses de la muerte de Dick. El filme se ubica en 2019 y no en 2020, el año pensado originalmente, para proponer desde el inicio una óptica imperfecta del futuro.) La polémica no se hizo esperar: Harrison Ford, que remplazó a Dustin Hoffman en el papel protagónico, saltó al ruedo para decir que Scott y él habían acordado que Deckard no era en definitiva un replicante. El meollo del asunto está en el conteo que tantas confusiones y teorías ha generado y que algunos –aun M. Emmet Walsh que encarna a Bryant, justo el responsable del conteo– atribuyen a una inexplicable incongruencia de Scott, que durante el rodaje fue más que congruente con el modelo del director vuelto tirano. Un tirano que llevaba a todos lados una foto de Nighthawks, el cuadro de Edward Hopper, para mostrar qué tipo de atmósfera quería obtener.

Pero recordemos el relato que Deckard oye de labios de Bryant. Dos semanas atrás, seis replicantes de la generación Nexus 6 –tres varones, tres mujeres– huyeron de las colonias del espacio exterior rumbo a la Tierra al cabo de un sangriento motín. Uno de ellos –suponemos que es hombre– murió en un campo eléctrico, y los otros siguen sueltos. Pero en el registro de Bryant sólo aparecen cuatro portapieles con sus fechas de “nacimiento”: el líder Roy Batty, 8 de enero de 2016, lo que significa que es Capricornio; Pris, 14 de febrero de 2016, Acuario; Zhora, 12 de junio de 2016, Géminis; Leon Kowalski, 10 de abril de 2017, Aries. Leon (Brion James) es el único que pudo entrar en la Corporación Tyrell antes de ser detectado gracias a la prueba Voight-Kampff por un policía que comparte con Deckard la misma ocupación o condena: blade runner. (El término, aplicado a quienes se dedican al tráfico ilegal de instrumentos quirúrgicos, proviene de la novela homónima de Alan Nourse en que se basa un libreto de William Burroughs que jamás se filmó.)

Así pues, ¿dónde está el sexto replicante?

Hay fuentes que afirman que el guión incluía en sus primeros drafts a una portapiel extra: Mary, que al igual que Pris (Daryl Hannah) era eliminada por Deckard en el apartamento de J. F. Sebastian (William Sanderson), el diseñador genético que sufre el síndrome de Matusalén a sus veinticinco años y que vive en el edificio Bradbury, frente al que se hallan el teatro Million Dollar (donde se presentan Los Mimilocos-Mazacote y Orquesta) y la librería México (Libros-diarios-revistas en español); pero, mala suerte, Mary acabó perdiéndose en el tiempo como una lágrima en la lluvia ácida. Hay quienes dicen que la faltante en el conteo es Rachael, pero queda claro que esta maravilla tecnológica está a las órdenes de Eldon Tyrell, el padre ajedrecista que termina siendo asesinado por Roy Batty, el hijo pródigo que parafrasea a William Blake e improvisa una de las mejores despedidas de la historia del cine. Los más, sin embargo, asumen como suya la declaración de Ridley Scott y aseguran que el ausente no es sino el casi omnipresente Deckard: el solitario que vive en el piso noventa y siete de un bloque de cuatro mil departamentos vacíos, el cruzado futurista que se solaza tocando el piano y estudiando una colección de fotografías antiguas que podrían activar memorias implantadas. Las pistas están ahí: el hecho de no haberse sometido nunca a la prueba Voight-Kampff, el brillo rojo que despunta en su mirada y remite a Rachael o al búho mecánico de Tyrell, el unicornio soñado que se convierte en origami real. La cuestión es que Deckard trabaja desde hace varios años para el cuerpo de policía: puede ser un replicante, un mercenario que traiciona a los de su propio género, pero de ninguna forma es el que omite Bryant.

¿Y entonces?

Quizá la respuesta esté en otra pregunta: ¿de quién es el ojo azul que nos da la bienvenida al Los Ángeles infernal de 2019? Quizá, bajo el cielo salpicado de pantallas en las que una japonesa hace gala de su ubicuidad orwelliana (Big Geisha is watching you), deambula el dueño o la dueña de ese ojo, una figura que se mantiene al margen del relato porque ha descubierto lo que los otros, sus semejantes, anhelan: el grial auténtico. Es el sexto replicante que, al igual que el filme donde aparece sólo como misteriosa alusión, ha encontrado la fórmula de la perpetuidad.

[Texto incluido en mi libro Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura, Fórcola, Madrid, 2010.]

Tags: cine

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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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